Reclamando la verdad de que cada uno de nosotros tiene valor inherente
Me siento como si hubiese vivido toda mi vida buscando la plenitud, el sentido de pertenencia, mi camino de vuelta a conectarme con algo más grande. Me he sentido como si tan solo estuviera pedaleando en el agua mientras esperaba a que llegara una mejor y más santa versión de mí.
Cuando era pequeña, aprendí que no podía buscar la protección ni la guía inquebrantable que necesitaba entre los adultos que había en mi vida, así que leía la Biblia y vivía dentro de la música country.
Me crié en un pequeño pueblo de Texas. Incluso mudarme allí a los 5 años significaba que era una forastera y no era realmente de allí. Era difícil encajar de alguna manera, siendo la niña poco femenina que yo era. En un pequeño pueblo, sin muchos parientes ni conexiones fuera de la escuela, los niños tenían las opciones de unirse al grupo de organizaciones para el desarrollo juvenil 4-H o a los Futuros Agricultores de Estados Unidos, o hacerse amigos del aire, los árboles y cualquier vida salvaje que apareciera. ¡Menos mal que nuestra casa estaba al lado de un bosque de pinos! Yo quería desesperadamente ser libre de la soledad y el miedo que sentía, así que soñaba despierta, jugaba afuera y le oraba a Dios.
En la escuela intermedia, me apoyé en mi fe católica asegurándome que todos mis compañeros de clase supieran que necesitaban pedir- le a Jesús que entrara en sus corazones para ser salvados. Eso no me convirtió en una persona popular, pero yo de todas formas ya estaba fuera de cualquier círculo social. Sentía que vivía fuera de mi piel también, pues rondaba algún punto cercano, pero lo suficientemente distante, de manera que yo era difícil de conocer y difícil para hacer amistad.
A principios de la escuela superior, me di cuenta de que me sentía más atraída hacia las chicas que hacia los chicos. Eso prácticamente significaba que ya no podía ser católica y que ni siquiera Jesús podía salvarme. Expresando el amor y la atracción que sentía como algo sagrado y hermoso era un pecado imperdonable. ¿Cómo podía ser esto? Mi tío me dijo que estaba siendo puesta a prueba, y que, si yo me abstenía de expresar mi sexualidad, pasaría la prueba e iría al cielo.
Esto me dio mucho enojo con Dios. ¿Qué clase de Dios me daría amor, pero me diría que no podía amar a quien amaba?
Encontrando algo mejor
Así que me refugié en escribir canciones para que me ayudara a tener un sentido de vida y encontrar la esperanza de que no estaba sola. Puse mi corazón en las letras de las canciones.
Ángel, ven y permanece conmigo
justo este momento en que te necesito.
Necesito encontrar mi sentido de seguridad.
Por favor, ángel, siéntate cerca, conmigo.
La música y la escritura de canciones se convirtieron en mi forma de orar, de permanecer conectada conmigo misma y con algo más grande al mismo tiempo.
Conocí a mi esposa después de la universidad y hemos estado juntas durante 21 años. También soy madre de un maravilloso hijo de 10 años. Me he convertido en la madre que había estado esperando.
He aprendido que soy valiosa porque estoy viva, que soy imperfecta y digna de ser amada al mismo tiempo.
Con la ayuda de la comunidad, mi familia, el dharma, la recuperación relacional, el don de la música y la escritura de canciones estoy aprendiendo lo que significa amarme a mí misma y a otros. Y aunque no ha llegado aún una versión más santa de mí, he encontrado algo mejor. He aprendido que soy valiosa solo porque estoy viva, que soy imperfecta y también digna de ser amada al mismo tiempo. Me apoyo en la verdad —incluso cuando no puedo verla— de que todos tenemos un valor intrínseco.
La autoestima no es algo que alguien te da, es algo que tú haces. Es una práctica de merecimiento. Estoy aprendiendo que la valía no es algo que tenemos o no tenemos, sino más bien algo que hacemos por nosotros y por otros. Todos tenemos valía.