Firmé un contrato con una compañía de recolección de basura que requería que los clientes que vivían en áreas rurales identificaran sus botes de basura con su dirección. Tomé una lata de pintura blanca en aerosol e identifiqué uno de mis botes marrones de basura con el número de la carretera donde vivo. Lo metí en la parte de atrás de mi vehículo suburbano, lo llevé al final de la carretera y dejé la basura en el sitio apropiado. Cuando regresé a mi garaje, me enojó notar que la pintura blanca había manchado la parte de atrás del asiento; aparentemente, no se había secado completamente sobre el bote de basura, pero sí en el asiento. Traté de remover la pintura pero ya estaba muy pegada. Durante las semanas y meses siguientes, cada vez que veía la mancha de pintura en la parte de atrás del asiento, me sentía tonto; un caudal de remordimiento me inundaba: “Si hubieras puesto más atención y dejado que la pintura se secara por más tiempo, esto no hubiera pasado. Ahora has arruinado el asiento de tu automóvil y cada vez que lo veas te recordará tu descuido”. (¿Reconoces esa voz?) Entonces un día acompañé a un amigo a la ferretería local para comprar pintura. En un estante noté una lata pequeña llamada Goof Off® —que servía para quitar pintura y manchas difíciles. Agarré una lata, me la llevé a casa y apliqué el líquido a la mancha de pintura. Para mi delicia, ¡la pintura desapareció instantáneamente! Ahora veo este producto —especialmente su nombre— como simbólico del perdón. El nombre reconoce que cometiste un error (“goof”) —pero también reconoce que puede ser eliminado (“off”). Si estás sujeto a la tiranía del remordimiento, este nombre te ofrece una enseñanza especialmente importante: Cualquier pecado es perdonable. Cualquier error es corregible. Nada está grabado en piedra. Siempre tienes una segunda oportunidad. Un Curso de Milagros hace la distinción entre pecado y error: un pecado requiere castigo, pero un error simplemente requiere corrección. Este curso nos dice que hemos cometido muchos errores, pero que nunca hemos pecado. Todos nuestros pecados (“tontería autoinfligida”) son deshechos en el momento que llevamos nuestros pensamientos condenatorios a la luz sanadora del amor. Hay una historia acerca de una filipina llamada Josefina quien decía tener conversaciones diarias con Jesús. Un sacerdote cínico oyó acerca de Josefina y buscó desprestigiarla. Se dirigió a ella y le preguntó: “¿Es verdad que hablas con Jesús todos los días?” “Sí, lo hago”, contestó ella. “Entonces, la próxima vez que hables con Jesús, ¿podrías preguntarle qué pecado cometí cuando estaba en el seminario?” Preguntó el sacerdote con presunción, y se fue con orgullo, seguro de que había arrinconado a la charlatana y pronto la descubriría. Una semana después el sacerdote regresó y preguntó a Josefina: “¿Le preguntaste a Jesús cuál fue mi pecado?” “Sí, lo hice”, respondió ella. “¿Y qué dijo Él?”, preguntó el sacerdote. “Él dijo: ‘Lo olvidé’”. No hay pecado tan grave que no pueda ser perdonado al considerarlo con compasión. El amor no tiene conciencia de nuestros pecados; Dios nos ve sólo como puros e inocentes. Nosotros somos quienes hemos fabricado el concepto del pecado y hemos aniquilado nuestra fuerza de vida. Un Curso de Milagros también nos dice: “Dios no perdona porque nunca ha condenado”. En la película Hermano Sol, Hermana Luna, el Papa dice a San Francisco: “En nuestra obsesión con el pecado original, hemos perdido de vista la inocencia original”. Todo autojuicio puede deshacerse al reconocer que nunca hemos cometido crimen alguno contra Dios. Conocí a un hombre que, durante su último año de universidad, caminaba frente a la librería y vio una gran exhibición de anuarios en la acera. Como no tenía dinero, agarró uno de los anuarios y siguió caminando. Durante los días siguientes, comenzó a sentir remordimiento por este hurto y decidió devolver el libro y confesar su fechoría. Se dirigió al gerente de la librería y admitió con culpabilidad: “Me robé este libro”. El gerente le dijo: “Ven conmigo”. Lo llevó a la exhibición y le señaló un anuncio que el joven no había visto: “Gratis —por favor, tome uno”. No te estoy sugiriendo que vayas y robes algo, ni que hagas daño a nadie. Esta historia real sirve como una metáfora: Por cada pecado que encuentres en tu vida, Dios encuentra una manera de perdonarlo. Por cada manera en la cual te hayas separado del amor, la conciencia más elevada te recuerda que nunca, ni siquiera por un momento, has estado fuera de la gracia. Y por cada mancha de pintura con la cual te castigues por haberla causado, hay una lata de Goof Off para eliminarla. Tomado de Looking In for Number One: Adventures in Uncommon Sense por Alan Cohen.