Hay una pasividad perfecta que no es indolencia. Es una viviente quietud que nace de confiar. La tensión quieta no es confianza. Es simplemente ansiedad comprimida. ¿Quién entre aquellos que han aprendido la ley del bien y han tratado de traerla a manifestación, no ha sentido a veces su ser físico próximo a estallar con su manera intensa de “sostener la Verdad’? Tú crees en la vida omnipresente. Intentas conocerla para otros. Alguien viene a ti por ayuda, alguien quien siempre tiene prisa por ver resultados, siempre deseando saber cuánto tiempo más será requerido y así sucesivamente. Su impaciencia e incredulidad unidas a tu gran deseo de demostrarle la ley, te estimulan, después de unos pocos tratamientos, a mayores esfuerzos, y casi inmediatamente te encuentras pensando en él con frecuencia cuando no lo estás tratando, y poniendo más fuerza en el tratamiento cuando está presente. Entonces, después del tratamiento, sientes una pesadez en la cabeza que es muy incómoda; y muy pronto, lo que al principio fue un deleite se vuelve carga y casi deseas que el paciente se vaya a otro consejero. No puedes menos que preguntarte por qué mejoró tan perceptiblemente con los primeros tratamientos y después, aun con el aumento de tu entusiasmo, pareció permanecer igual o ponerse peor. Deja que te diga por qué. Cuando empezaste el tratamiento, seguro de la abundancia de la vida divina, hablaste la Verdad con calma y confianza al paciente. Cuando él demostró prisa, tú, empezando a sentir una responsabilidad que era de Dios, no tuya, te pusiste ansioso y empezaste a echar sobre él tu ansiedad comprimida. No eras ya un canal para la vida divina, dulce, tranquila, armoniosa, sino que con tu intensidad y prisa, cerraste completamente el paso al divino fluir y sólo podías forzar sobre él, de tu ansiosa mente mortal unos cuantos pensamientos penosos y compulsivos que lo sostenían como en una prensa tornillo y te agotaban a ti. Algunas curaciones y demostraciones de poder se traen a manifestación de esta manera, pero es siempre el pensamiento mortal más fuerte controlando al más débil y es agotador para el que trabaja de ese modo. Este plano es enteramente de sugestión mental, una forma leve de hipnotismo. En cuanto se refiere a Dios como nuestra provisión o cualquier otro aspecto de la ley divina que nosotros, de cuando en cuando, intentamos traer a manifestación, tan pronto empezamos a estar ansiosos, nuestra quietud se vuelve simplemente una válvula hermética de tensión, o ansiedad contenida que deja afuera la cuestión misma que tratamos de hacer surgir, y así impide la manifestación. Esta manera de sostener con intensidad un pensamiento, ya sea argumento mental para curación o busca de Dios para provisión material, reconociendo que nosotros mismos tenemos poder por esa firmeza de pensamiento para traer a manifestación lo que queremos, es una manera de obtener resultados, pero es una manera dura. Así damos de lo que hay dentro de nosotros y es una ayuda hasta cierto punto, pero por una ley mental, esta intensidad de pensamiento parece separar nuestra conciencia de su Divino Origen, impidiendo así el fluir y la renovación que vienen de Él. De ahí el pronto agotamiento y la sensación de pesadez. Tenemos que levantarnos de este estado de tensión a uno de viviente confianza. Hay una entrega indolente de nuestra responsabilidad a un Dios externo, que significa pereza, y que nunca trae nada a manifestación. Pero hay también un estado de confiada pasividad en que debemos entrar para hacer el trabajo más elevado. Hay algunas cosas que hemos de hacer nosotros mismos, pero hay otras que Dios no espera que ha gamos. (Cuando hablo de nosotros como algo apartado de Dios, me refiero simplemente a nuestro yo consciente. Somos siempre uno con Dios, pero no siempre estamos conscientes de ello. Hablo de nosotros como nuestra parte consciente.) Ellas son Su parte, y nuestra mayor dificultad está en tratar de hacer la parte de Dios, solo porque no hemos aprendido a confiar en El para hacerla. Debemos, usando nuestro pensamiento consciente, hablar las palabras de vida, de verdad, de provisión abundante, y actuar como si las palabras fueran verdaderas .Pero, “el hacer que suceda” es la obra de un poder más alto que nosotros; una Presencia que no vemos con estos ojos mortales, pero que es omnipotente y siempre se precipitará a nuestro rescate cuando confiamos en ella Del asunto más pequeño en nuestra vida diaria al rodar lejos la mayor piedra de dificultad de nuestro camino, esta Presencia vendrá a liberarnos .Pero su acción depende de nuestra confianza, y confiar significa aquietarnos en lo interno. En nuestro esfuerzo de traer a manifestación el bien que sabemos pertenece a todo hijo de Dios, es cuando llegamos más allá del punto en que tratamos de hacerlo todo nosotros y dejamos a Dios hacer su parte, que logramos los deseos de nuestro corazón. Después que hemos hecho nuestra parte fervientemente se nos dice “Estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros… Jehová peleará por vosotros y vosotros estaréis tranquilos” (Ex. 14:13, 14).Mira las condiciones impuestas aquí. Esta Presencia invisible removerá de tu camino las grandes dificultades, que para tu visión mortal son casi insuperables, sólo con la condición de que te mantengas quieto. El Señor peleará por ti si te mantienes en paz. Pero en ninguna parte hay promesa de liberación para ti mientras conserves un estado de agitación dentro de ti. Cualquiera de los dos – este estado de interna inquietud o una externa inquietud forzada que sólo significa ansiedad comprimida – impide completamente a esta invisible fuerza omnipotente hacer algo por tu liberación. Debe haber paz, paz; mantén en paz tu alma y deja a Dios hacer. Maravillosas han sido las manifestaciones de este poder en la vida de quien escribe estas páginas, cuando el “hacer que suceda” se dejó enteramente a Él. No preguntes entonces cuando, como y por qué. Esto implica duda. Solo “Guarda silencio ante Jehová, y espera en El” (Sal. 37:7).