La mayoría de nosotros ha experimentado la pérdida de un ser querido. A partir de ese momento, nuestras vidas no serán las mismas. Tal vez continuemos haciendo lo que hemos venido haciendo, mas, si somos como la mayoría de las personas, cuando un ser querido que caminaba junto a nosotros en el sendero de la vida, parte del mundo físico dicho sendero ya no parece resplandecer del mismo modo, no parece guardar el mismo gozo y la misma promesa que antes. Lidiamos con sentimientos de vacío y añoranza, pero el resto del mundo prosigue a nuestro alrededor. Un espíritu restaurador En toda relación personal existe un espíritu restaurador. Es uno de los mayores poderes que sustentan el ser humano y su alma. Mantenemos el amor que sentimos por otros en nuestros corazones y lo nutrimos en nuestro círculo afectuoso. Dentro de este círculo, restauramos lo que ha de ser restaurado. Volvemos a pintar y reparar la casa. Cuando aparece un conflicto, pedimos disculpas y ofrecemos flores. Se vendan las rodillas raspadas y nuestros cuerpos sanan múltiples veces a lo largo de nuestra existencia. Mas, cuando nos vemos cara a cara con aquello que no podemos reparar, tal como la pérdida de un ser querido, nuestro espíritu restaurador parece inútil. Un relato de amor Los detalles son sencillos en sí. En 1934 James Dillet Freeman se casó con Lucy Katherine Verónica Gilwee. Ellos vivían y trabajaban en Unity, en el área de Kansas City. Entonces, en 1947 Katherine se enfermó de muerte y, luego de 10 meses de ser diagnosticada, murió. “Cuando ella murió”, escribió Jim, “mi primer instinto fue salir corriendo. La casa estaba tan llena de ella”. Mas, él no salió corriendo. Sino que tomó papel y lápiz y decidió escribir. Lo hizo de corazón, exponiendo lo que había experimentado con la enfermedad y muerte de Katherine. Y, gracias a la escritura, el espíritu restaurador emergió: exponiendo su futilidad, buscando su círculo de amor y descubriendo la limitación de la muerte. Jim vio en Katherine la fe que él quería experimentar. Al enfrentar su enfermedad, ella se convirtió en su maestra. Su fe, dijo Jim, “era fugitiva” comparada a la de ella. Él escribió: “Mi fe no era más que el llanto de un infante que espera que el dolor subsane. Mas ella percibía la vida de un modo más magno, como una eternidad”. El espíritu restaurador obró en Jim gradualmente, ensanchando el círculo creado gracias a su relación con Katherine. “Tenemos que proseguir con fe”, él escribió, “ya que sé que la fe es vida y la oración es vida”.
El gran círculo del amor De una experiencia que usualmente aminora la capacidad de nuestro corazón, surgió una visión de un círculo de amor que, a la final, revela la debilidad de la muerte. Al final, es la falla de la muerte lo que sobresale. Su limitación es revelada. La muerte puede que quite el círculo que una vez fue nuestro amor, mas no puede eliminar el gran círculo de Amor que finalmente nos atrae. El dolor puede atormentar lo limitado de la carne y la muerte puede volvernos polvo silente. Mas la muerte no puede aminorar la perfección del amor; el dolor no puede alterar la confianza incambiable del amor. Hay significado donde no puede hallarse y propósito aunque no veamos que éste brille, la vida y la muerte no son más que la hebra y el fluir del Ser que corren hacia lo bello y lo verdadero … El amor es tan poderoso y grande, que al amarnos convertimos a la derrota que llamamos muerte en la victoria del corazón amante. Cuando sufrimos una pérdida, permitamos que Dios nos guíe hacia el centro del Amor. Aceptar que nuestro ser querido ha muerto lo cambia todo. Creceremos, o en dolor y amargura o en amor. Y, sospecho que, aquellos que han muerto, serán los primeros en regocijarse con el ensanchamiento del círculo de Amor en nosotros. Así que, a la final, como dice el poeta: El amor se levanta de sus rodillas llorosas y se eleva hacia un mundo más allá de las paredes, el cual sobrevivirá aun nuestra falta de fe. Adaptado de Love is Strong as Death por James Dillet Freeman,