Mis recuerdos más remotos son de temor. Crecí en un pueblo violento en el corazón de Texas y, desde que tengo memoria, estuve bajo amenaza de violencia física: de parte de mi padre, de los niños del vecindario, de los niños en la escuela e incluso de los maestros. Desde una temprana edad, recibí el mensaje de que era tonto, malo y feo—que no merecía nada y que debía ser castigado. Los sentimientos hirientes que surgían de mis circunstancias me lastimaban profundamente, más yo tenía miedo de reconocerlos. De manera que los enterré: con comida, cigarrillos, alcohol y haciendo dinero, para nombrar unos cuantos. A la edad de 32 años, yo pesaba 275 libras y dependía de pastillas y alcohol para tratar de controlar los ataques de pánico y las fobias que me abrumaban. Por años busqué sin éxito la ayuda de doctores, psiquiatras, psicólogos e incluso de maestros espirituales. Agoté todas mis opciones. Una noche, la pastilla que tomaba para el dolor no funcionó y estuve despierto en cama sintiéndome desesperado y sin tener adonde ir. Agarré un folleto que decía: “Aun si no crees en Dios, si Le pides ayuda, la recibirás”. Yo le había dado la espalda a la idea de Dios hacía mucho tiempo, mas ahora no tenía nada que perder. Clamé a ese Dios en el cual no creía, y me invadió una paz que nunca había experimentado. Me asombré. Milagrosamente pude dormir. A partir de ese momento, el exceso de peso, la necesidad de tomar alcohol y las otras compulsiones fueron desapareciendo. Comencé un proceso de sanación emocional y espiritual que cambió el curso de mi vida para siempre. Eventualmente, me sentí llamado a ayudar a otros usando “The Nelson Method” (El método Nelson), el cual creé y que me ayudó a superar mis problemas. Una persona utiliza fumar, comer en exceso o beber como analgésico para el dolor emocional y, a veces, físico. Ya sean recuerdos dolorosos de la infancia, circunstancias difíciles en la vida o relaciones incompatibles, si la persona no tiene un modo saludable de lidiar con el dolor, él o ella se automedica mediante hábitos negativos. Además, las personas con personalidades adictivas tienden a ser abatidas por el temor y la ansiedad. La adicción es utilizada para escapar de las preocupaciones y los miedos. El castigo es la tercera función de la adicción; la persona adicta lleva una enorme carga de culpa, ya sea consciente o inconscientemente, y cree que merece ser castigada. Aunque el vicio puede ser considerado una “recompensa” al final de una larga y estresante semana, si el uso crónico deteriora la salud, la autoestima, las finanzas y las relaciones, se ha convertido más en un castigo que en una recompensa. Mi labor de vida es ayudar a las personas a afrontar el dolor, el temor y la culpa que están debajo del hábito negativo e infelicidad. Eso hace posible que el Espíritu interno las sane y libere. Establecer una práctica matutina de conexión espiritual mediante la meditación, la oración y la lectura espiritual es un aspecto vital de la sanación. Como yo he leído La Palabra Diaria por 40 años, siempre les recomiendo a mis clientes este recurso maravilloso, y típicamente ellos la utilizan en su rutina matinal. Mi jornada de regreso del infierno, aunque terrible en sí, se ha convertido en el regalo más importante de mi vida. Guiar a las personas a través del proceso de despertar en conciencia y experimentar la liberación de sus adicciones y dolor ha suscitado en mí inimaginables gozo y gratitud.
por Roy Nelson