viernes, enero 11, 2019

Acogiendo la Navidad

Fragmento de una columna publicada anteriormente en Unity Magazine®.

Todos los años, más o menos para esta época, la gente comienza a encontrarle defectos a la Navidad. Dicen que es "demasiado comercial". Y sí, lo es. Dicen: "No voy a enviar tarjetas de Navidad. Son tonterías costosas". Y lo son. Dicen: "La gente sólo ofrece regalos cuando piensan que van a obtener algo a cambio". Y muchas veces, ése es el caso. Dicen: "A los niños se les enseña a creer en ilusiones cuando se les dice que existe Santa Claus". Y sí, se les enseña. Dicen: "Santo cielo, los centros comerciales ya están poniendo los adornos de Navidad, y tan sólo estamos en Octubre". Y eso ocurre también. Dicen: "¡Se supone que la Navidad es para celebrar el nacimiento de Jesús!". Y es cierto que muchos celebran la Navidad de maneras que poco tienen que ver con la religión.

Todas estas recriminaciones están justificadas, al menos en parte. La Navidad puede ser comercial, mundana y derrochadora.

He leído cómo los puritanos solían despotricar contra el 1 de mayo, el cual una vez fue el día de fiestas favorito en toda Europa. Niños y niñas salían a los sembradíos y bosques con sus canastas de mayo, recogían ramilletes y luego bailaban alrededor del palo de mayo en la plaza del pueblo. Estoy seguro de que era un evento pagano. Y tuvieron tanto éxito que, durante muchos años en Moscú, el 1 de mayo se convirtió principalmente en una parada de tanques gigantes y misiles nucleares con aviones de combate rugiendo por encima de la gente. ¿Y tú piensas que el mundo está mejor así?

Si triunfan aquellos a quienes les desagrada la Navidad y la disminuyen sólo al día solemne de iglesias y cánticos, oraciones y sermones que ellos quieren que sea, ¿acaso seríamos mejores? ¿Sería mejor la Navidad?

Para la mayoría de nosotros, el invierno es un tiempo sombrío —frío, húmedo y difícil para trasladarse. Los días son cortos, las noches son largas, las nubes oscurecen el cielo, y la nieve estorba en calles y autopistas. ¿Qué tal si sólo llegamos al el invierno, y la oscuridad y el frío se filtran hacia nuestros corazones; qué tal si, cuando caminamos por la calle, no hay decoraciones, ni luces, ni San Nicolases sonando las campanas junto a las calderas del Ejército de Salvación; qué tal si, cuando encendemos la radio, nadie entona los villancicos que han resonado —no sólo en nuestros oídos, sino en nuestras almas— desde que nacimos; qué tal si nadie dijera "¡Feliz Navidad!" a nadie; qué tal si no hubiese colas de niños impacientes con los ojos abiertos esperando en innumerables tiendas de juguetes para sentarse sobre la rodilla de San Nicolás; qué tal si no hubiese historias de Scrooge, Tiny Tim o Rudolph (el venado de la nariz roja), y qué tal si no hubiese ninguna historia de una estrella, ni los ángeles, ni los Tres Reyes Magos, ni un nacimiento virgen en un establo? ¿Qué tal si no hubiese nada de esto?

¡Qué tal si no hubiese Navidad!

Acción de Gracias es un día de fiestas formal. Sí, usualmente comemos de más, pero tiene el carácter rígido y sobrio de los Peregrinos que lo comenzaron y quienes aún lo conmemoran.

Y habría un periodo largo y cansino entre Acción de Gracias y Pascua de Resurrección si los únicos días de fiesta que celebráramos fueran los cumpleaños de Washington y Lincoln. Sí, estaría el Año Nuevo, pero, ¿no es el Año Nuevo parte de la Navidad? En verdad, la Navidad no es un día, sino una temporada. Comienza con el Día de Acción de Gracias —o antes, para aquellos que tienen prisa— y continúa hasta el Día de Año Nuevo —o el Día de los Tres Reyes Magos, para aquellos que no quieren que se acabe. Hay altos y bajos en la jornada, pero todos son parte de la Navidad.

La Navidad, al igual que la primavera, llega gradualmente. Sus primeras señales aparecen en las ventanillas de las tiendas y en los anuncios de los periódicos tan pronto como se acaba Halloween. Las decoraciones en las calles comienzan a aparecer en algún momento en noviembre. Las luces se encienden en los centros comerciales en Acción de Gracias, y el cliente sabio compra sus regalos en ese momento. Para el primer día de diciembre, las personas salen a comprar árboles de Navidad y los villancicos comienzan a salpicar las ondas radiales. Y entonces, como si fuera una oleada, la Navidad inunda nuestros sentidos y nuestras almas, y nos ahogamos entre las tentaciones, las expectativas, los excesos —entre las muchas cosas que vemos, escuchamos y que forman parte de la Navidad. La ola alcanza a su punto más álgido el Día de Navidad, pero se retrae lentamente durante el largo período de vacaciones escolares y las fiestas sucesivas que culminan con los días de Año Nuevo y de Reyes.

Con la Navidad, conmemoramos el nacimiento de Cristo. Aquellos que se quejan de la falta de contenido religioso tienen derecho a hacerlo, pues para la mayoría de la gente no es tiempo de guardar ritos religiosos. Casi nadie pasa el trabajo de distinguir entre lo que es religioso y lo que no. Villancicos, árboles de Navidad, luces de velas, casas decoradas, San Nicolás, la Virgen María —todos mezclados en una deliciosa amalgama de maravilla y regocijo. De algún modo parece religioso, no importa cuán desconectado esté de la religión. La canción “Navidad” nos levanta el espíritu tanto como un himno, y Rudolph es tan amado como, digamos, el burro que cargó a María en esa noche santa.

Pero, ¿está mal esto? ¿No estaríamos mejor si nuestra religión estuviese tan engranada con nuestro día a día, y nuestro día a día tan enlazado con la religión, que no los consideráramos separados y apenas supiéramos cuándo vamos del uno al otro?

Yo no creo que seríamos los más santos si abandonáramos los árboles de Navidad y San Nicolás y el dar regalos o incluso tarjetas de Navidad.

La Navidad es un florecimiento. Las verdades antiguas son demasiado importantes, cálidas y profundas como para ponerlas en palabras —la verdad sobre nosotros, sobre nuestro mundo, sobre nuestras vidas— han tomado forma a través de estos hermosos modos de expresión, que son nuestra manera de celebrar la Navidad. Fueron sembradas en nuestras mentes hace mucho, mucho tiempo, mucho antes de cualquier evento conocido o memoria registrada, y han crecido a través de los siglos. Han crecido porque satisfacen de manera natural y gozosa nuestras fantasías de felicidad y nuestros anhelos más profundos. Tenemos el deseo y la necesidad de expresar nuestro asombro, y amor, y gozo, y deleite por la belleza y por tenernos unos a los otros; y sí, también expresar nuestra fe en que, incluso si el planeta que habitamos se tambalea hacia el invierno, también se tambaleará de vuelta hacia la primavera.

Tomemos, por ejemplo, a San Nicolás. Podrías decir: "¡Ilusión!" Y supongo que lo es. Pero si vamos a darles a nuestros niños una ilusión —¡y qué muchas ilusiones les damos!— ¿acaso podríamos darles una más bonita? ¿Qué querríamos que creyeran mientras crecen? ¿Que el mundo es un lugar duro y sombrío? ¿Un objeto con leyes atómicas y espirituales? ¿O que en el mundo hay también existen personas con un espíritu desprendido y feliz?

¿Es acaso una ilusión la creencia de que existe este espíritu? Sé que muchos nos enseñarían que la realidad es oscura y dolorosa. ¿Acaso lo es? Creo que la mayoría de nosotros experimenta más días soleados que lluviosos. La realidad resulta ser, en su plenitud, placentera, y tan emocionante como desearíamos que fuera. Nuestras ansiedades fabrican la mayoría de nuestras ilusiones, y nuestras preocupaciones, más que nuestras esperanzas, apenas se hacen realidad.

Tomemos, por ejemplo, a los árboles de Navidad. Si la tradición llegó a nosotros a través de costumbres paganas que consideraban a los objetos naturales como algo sagrado, ¿acaso somos peores por ello? En un mundo en el que usualmente reducimos todo lo maravilloso y digno de alabanza a algo ordinario, ¿no es acaso un acontecimiento feliz elevar un objeto ordinario, como un árbol, a algo asombroso?

Y sobre el mercantilismo: si nos provoca dar más de lo que estamos acostumbrados diariamente, ¿acaso somos peores por ello?

La Navidad cambia incluso lo que pensamos sobre las condiciones del tiempo. En cualquier otra época, si las nubes nos amenazan o las partículas mas minúsculas de nieve se esparcen por las calles, temblamos y nos quejamos. Pero en Navidad, miramos por la ventana, no con miedo, sino con anticipación por la nieve, y nos preguntamos unos a los otros con entusiasmo: "¿Tú crees que la nieve será blanca?"

La Navidad es nuestra manera humana de decir que no tenemos que someternos a la tiranía de las estaciones y a lo inevitable de las circunstancias.

La Navidad es una estación del año, pero no tanto por la inclinación del eje del planeta hacia el Sol, sino más bien por la inclinación del espíritu humano hacia el gozo, la luz y la calidez humana.

La Navidad es afirmar que, aunque los vientos fríos congelen nuestros cuerpos y los días cortos oscurezcan nuestro mundo, no enfriarán nuestro espíritu ni ensombrecerán nuestra vida.

Si nuestro mundo se pone de gris invierno, lo pintaremos de brillante Navidad. Crearemos —aunque sea por un rato y sólo con guirnaldas y papel maché, ramilletes de pino, velas y cristales coloridos— nuestro mundo imaginario, y si no es así el mundo de por sí, entonces lo hacemos más como sentimos que debe ser.

Si no hubiese Navidad, sería como si se apagara la luz en una calle oscura a través de la cual tenemos que caminar de noche.

Siempre habrá Navidad. ¿Por qué? Porque mientras la Tierra dé vueltas alrededor del Sol y mientras la habitemos los humanos, siempre habrá amor por la luz cuando la luz se atenúe y amor por el color cuando los colores se destiñan y la urgencia de reavivar el fuego cuando la calidez comience a escurrirse.

Habrá historias maravillosas y delicia al narrarlas.

Habrá un deseo genuino de compartir nuestro bien con otros.

Habrá el anhelo de encender una vela, en nuestra ventana y nuestra mente, y verla esparcir su lucecita sobre la oscuridad que huye.

Habrá niños —algunos pequeños; otros, no tan pequeños— que se irán a dormir pensando despertar en la mañana a un mundo en el que los sueños se hacen realidad.

Habrá entonaciones de canciones antiguas y conocidas.

Habrá alabanzas, alrededor de las cuales nos reuniremos, para inclinarnos hacia el Misterio augusto y gentil que sentimos en el centro secreto del ser.

Así que siempre habrá Navidad, incluso si en algún tiempo lejano todos nuestros nombres y símbolos se desvanecen de la memoria, porque celebra el impulso más anhelado y profundo del espíritu humano —todo lo que es amable y luminoso y generoso—, deleitarnos en el asmbro, en la necesidad de adorar, y sobre todo, en el poder de ir más allá de la tiranía del tiempo y de las cosas.

Este año, celebremos la Navidad gozosamente, incluso abandonándonos un poco —con el abandono correcto, que es el abandono de nuestro egoísmo— y regalando lo que somos, regalando lo que somos generosamente, hacia aquellos que amamos y aquellos más desventajados que nosotros.

James Dillet Freeman (1912–2003) fue un poeta conocido y amado por millones de personas. Sus poemas están en la luna. Nació en 1912 y comenzó a escribir versos a la edad de 10 años. Cuando terminó la universidad, sus poemas habían sido publicados a nivel nacional en Estados Unidos. Su conexión con la Escuela de Cristianismo Unity comenzó en 1929, cuando fue invitado por la cofundadora de Unity Myrtle Fillmore. Freeman sirvió como director del programa ministerial de Unity durante 20 años. También sirvió como director de Silent Unity®, un ministerio de oración mundial, y fue miembro del Consejo de Administración y primer vicepresidente de la Escuela de Unity, ahora Instituto y Seminario Unity®. En 1984, Freeman se retiró de sus puestos para poder dedicar más tiempo a escribir y ofrecer charlas. Su trabajo ha sido traducido a 13 idiomas y se estima que las copias publicadas de sus poemas superan los 500 millones. Sus publicaciones aparecieron en The New Yorker, Saturday Review, The New York Times, Scientific Monthly, Reader's Digest, y muchos otros.



por James Dillet Freeman