viernes, enero 11, 2019

Querida y amigable extraña

La Navidad me había dejado un mal sabor

Había perdido mi trabajo hacía justo unos meses. Estaba pasando por una época difícil. Las luces de Navidad parecían luces de alarma que me advertían peligro a cada esquina. De manera que ese día no estaba de ánimo para escuchar otro villancico acerca de “las buenas nuevas” o de “gozo para el mundo”. Estaba más preocupada acerca de dónde iba a poder encontrar el dinero para poner regalos bajo el árbol de Navidad para mis dos hijos. Me peguntaba con inquietud cómo una libra de carne molida iba a poder alimentarlos toda una semana.

Yo había logrado obtener un empleo a medio tiempo en una tienda por departamentos para la temporada festiva. El trabajo era duro, tenía que estar de pie de 6 a 8 horas al día, moviendo mercancía y sonriéndoles a los clientes cuando era lo último que quería hacer. Mas sentía gratitud por el salario mínimo que ganaba. Yo también apreciaba a mis compañeros de trabajo, gente que yo nunca hubiera conocido de no trabajar allí. Compartíamos acerca de nuestros pies adoloridos y, a veces, nos reíamos de las ocurrencias de los compradores navideños.

Incluso así, era difícil compartir con ellos que temía no tener suficiente comida para alimentar a mi familia, o que horas antes había estado en la cola de un banco de alimentos, o que la música de la Navidad que ponen en la tienda me da ganas de llorar. De manera que seguí en silencio y exhibiendo una cara de felicidad.

No fue real hasta ese día. Una de las gerentes me dijo que alguien había dejado un paquete para mí y que podía recogerlo durante mi descanso. Supuse que me había confundido con otra persona, no tenía ni idea de quién podía dejar algo para mí.

Pero no era un error. Horas más tarde, ella me entregó una festiva bolsa roja con mi nombre escrito en una tarjeta. Al igual que un niño ansioso, rompí el papel de seda y me encontré con un gran surtido de chocolates. Sonreí. La primera sonrisa genuina por un largo tiempo. Entonces, descubrí la carta escrita a mano, y cada palabra que leí me conmovió:

“Navidad 2014

Querida y amigable extraña:

A veces en la vida pasamos por momentos duros, y no es fácil. Siempre tendremos obstáculos ante nosotros. Mas deseo alentarte a que continúes persistiendo, sin importar el reto ante ti. ¡Tengo esperanza en que la próxima etapa de tu vida va a estar llena de emoción y amor! Nunca desistas de aquello que te apasiona y vive siempre con propósito.

Sólo deseamos compartir amor navideño con una persona extraordinaria, ¡Y ESA PERSONA ERES TÚ! Deseamos que tanto tú como tus seres queridos tengan una Navidad y un Año Nuevo benditos.

¡Eres maravillosa! Ten presente que eres por siempre amada por Jesús —durante la Navidad y siempre, nunca lo olvides… nunca serás olvidada.

“Dios te ama mucho.

¡EL RESTO DE TU VIDA SERÁ LA MEJOR PARTE DE TU VIDA!

Jeremías 29:11

Santiago 1:2”.

Según luchaba por contener las lágrimas, traté de pensar en quiénes podían conocer mi situación. Les pregunté a mis compañeros de trabajo si sabían quién dejó el paquete. Nadie supo, y nunca descubrí quiénes fueron las dos personas que firmaron la parte inferior de la tarjeta sólo con sus nombres. Asumo que pudieron haber sido uno de mis clientes. Nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que su amabilidad me impresionó. Ellos cambiaron por siempre mi enfoque de la Navidad. Sus amables palabras y aliento iluminaron mi temporada oscura e hicieron que instintivamente me diera cuenta de que yo iba a poder hacerle frente a los retos del futuro.

Ahora también sé que el espíritu de la Navidad del cual cantamos y que vemos en las películas existe. Aunque esa temporada de mi vida ya pasó, voy a almacenar la humildad que experimenté para cuando venga la próxima tormenta.

Esta Navidad, tengo la intención de devolver el favor. Quiero llevar su mensaje de esperanza y amor a alguien. Una tarjeta puede cambiar una vida. Lo sé porque cambió la mía.



por Marchel Alverson