Yo tenía 4 años, y mi mamá conducía por la antigua carretera 441, cerca de nuestra casa en la Florida central, cuando se dio cuenta de que la puerta del coche estaba entreabierta. Ella me advirtió que me alejara de la puerta. Yo le respondí con total confianza e inocencia: “Si me caigo y me rompo, Dios me armará de nuevo”. Aquel día no “me caí, ni rompí”, pero a lo largo de mi vida, Dios en verdad me ha armado de nuevo —y me ha mantenido en usa sola pieza— a través de los desafíos y oportunidades de la vida. Desde mi juventud, la oración me ha dado paz mental y resultados tangibles. De adolescente, acogí el concepto de la oración positiva luego de escuchar la voz apacible de Rosemary Fillmore Rhea, nieta de los fundadores de Unity Charles y Myrtle Fillmore, quien dirigía un programa en la radio llamado The Word (La Palabra). El mensaje positivo tocó las fibras sensibles en mí, por lo que me apresuré a solicitar la literatura gratuita ofrecida. Esa introducción cambió mi vida y me llevó a aceptar maneras de pensar y orar más expansivas. A mis 16 años, yo leía La Palabra Diaria y otra literatura de Unity con dedicación. Aprendí que la oración conlleva mucho más que peticiones sin convicción. Negaciones y afirmaciones (habladas y escritas), imágenes mentales, momentos de completa quietud (“el Silencio”), declaraciones de gratitud, orar con otros —todo esto completa y fortalece mi práctica espiritual. La lección más importante que he aprendido de La Palabra Diaria es afirmar: ¡Esto, Señor, o algo mejor! Yo creo que la Sabiduría sobrepasa infinitamente mis sentidos físicos. Estoy en paz aun cuando las respuestas a la oración se manifiestan de maneras diferentes e inesperadas. Descubrí la Verdad en las palabras de la ministra Unity Catherine Ponder después de comenzar un negocio. “Deja ir el afán”, aconseja ella. “Seguramente es más fácil y más natural orar y prosperar”, declara en su libro The Prospering Power of Prayer. A lo largo de mi vida, la oración ha demostrado ser superior a la fuerza de voluntad. Entre muchas manifestaciones específicas, dos ocurrieron durante un período en el que el clima de la Florida era aún más impredecible de lo habitual. Mi esposa, Laurel, y yo estábamos remodelando un edificio para nuestro nuevo negocio de impresión de libros. En aquel momento necesitábamos cinco mil dólares. En oración, pedí guía y afirmé que Dios proveería el dinero en el momento correcto y perfecto. Unos días después, tuvimos una lluvia torrencial. Escuché un estruendo y pensé que un rayo había caído en un árbol. Cuando la tormenta cesó, salí y descubrí que una estructura de aluminio que estaba unida a nuestro edificio, la cual era innecesaria, se había derrumbado. Tres días después, nuestro agente de seguro me entregó un cheque por cinco mil trescientos dólares —y mi hermano, quien estaba construyendo un cobertizo para su barco— utilizó la chatarra metálica. Para el momento en que nuestro taller comenzó a funcionar —con empleados y una nómina semanal— la oración seguía siendo el centro de las operaciones. Se me ocurrió que obtener proyectos de impresión comerciales ayudaría al flujo de efectivo mientras conseguíamos clientes que quisieran imprimir libros. Le pedí a Dios que me mostrara dónde buscar este tipo de proyectos —si esto era, de hecho, la solución divina. La mañana siguiente, un amigo llamó con noticias sorprendentes respecto a otra imprenta. Él dijo: “Al negocio de Jerry le cayó un rayo anoche y quedó reducido a cenizas”. “Lamento escuchar eso”, comenté. Mi amigo respondió: “Bueno, él no está muy abatido, porque está listo para jubilarse. Está buscando a alguien que se haga cargo de sus cuentas comerciales”. Conduje para encontrarme con Jerry en el lugar donde se encontraba su negocio, ahora carbonizado. Pude ver dónde el rayo había caído en un árbol y rebotado hacia la esquina de su edificio. Él no quería dinero en efectivo, sólo un porcentaje de las ventas de sus cuentas por un período de dos años, lo que resultó ser mutuamente beneficioso. Estas experiencias me enseñaron que la oración no es sólo para los momentos en que nos encontramos heridos o quebrantados; también es una herramienta práctica para la vida cotidiana. Tus respuestas tal vez no lleguen con relámpagos, mas durante cada desafío u oportunidad, la oración puede renovar tu mente y transformar tu mundo.