martes, enero 15, 2019

Sin miedo a morir

Crecí en el medio oeste, hija de una madre que sufría de depresión. En mi adolescencia aprendí que las horas excesivas de sueño de mamá eran parte de su enfermedad. Mi padre era un oficial de policía y trabajaba en otros empleos para mantener a nuestra familia. A mis 20 años, comencé a ver una transformación en mi madre que cambiaría muchas vidas.

Recuerdo haber visto muchos libros inspiradores en la sala de estar de mi mamá mientras ella sanaba. Uno de ellos era La Palabra Diaria. También llegué a ver la revista en la mesa de la cocina y en el bolso de mi madre. Un día recibí mi propio ejemplar de La Palabra Diaria en el correo. Mi mamá había decidido enviar ejemplares a sus cuatro hijos.

Me alegró que mi madre compartiera con nosotros algo que le ayudaba a transformar su vida. Este pequeño libro cautivó mi interés gracias a los principios sencillos y sin prejuicios contenidos en sus mensajes. Más tarde llegué a comprender cómo La Palabra Diaria y otros libros espirituales que había visto en la sala de estar de mamá contribuyeron a la experiencia de transición más pacífica que pudiese imaginar.

Durante los últimos 15 años de la vida de mi madre, observé a una mujer muy tranquila y gozosa. Sentía que tenía a mi propio Mahatma Gandhi. Yo quería entender su gozo y paz interna. Con frecuencia, familiares, amigos y yo acudíamos a mi madre buscando consejos. Ella siempre parecía brindar las palabras perfectas.

Hace diez años, mi mamá fue diagnosticada con cáncer de ovario en etapa cuatro. Durante sus dos años de quimioterapia, pareció aplicar cada pizca de conocimiento adquirido a través de sus estudios espirituales. Ella estaba firme y en paz —aceptando lo que ella llamaba “el estado de lo que es” de la vida. Mantuvo su sonrisa y siguió en pie, maravillada por la belleza de las flores en su patio, como lo había hecho durante tanto tiempo.

Mi hermana menor, Ann, y yo estábamos en el cuarto de hospital con mi mamá cuando ella despertó de su última cirugía. El doctor dijo: “Ruth, el cáncer ha vuelto y es tanto que no hay nada más que podamos hacer por usted. Tendrá que ir a casa y buscar un hogar con cuidado para enfermos terminales”. Su reacción fue tranquila y pacífica mientras le agradecía al doctor —tal y como la había visto comportarse durante los últimos 15 años de su vida.

Cuando el doctor salió del cuarto, yo me senté junto a ella, tomé su mano y le dije: “Mamá, ¿tienes miedo de morir?” Me miró con su expresión de paz y me respondió calmadamente: “Kathy, el miedo sólo viene de un pensamiento y yo no le tengo miedo a un pensamiento. No, no tengo miedo a morir”. Dijo esto suave y claramente y, en ese instante, el más grande “ajá” se apoderó de mí. Con todo y la tristeza que yo había sentido por la situación de mi madre durante los últimos dos años, quería correr afuera y saltar de alegría… ¡al fin lo entendí!

Me repetía a mí misma lo que ella dijo: “El miedo sólo viene de un pensamiento y yo no le tengo miedo a un pensamiento. No, no tengo miedo a morir”. Me preguntaba cómo podía sentirme tan inspirada tras haber recibido la noticia del médico. Sin embargo, yo sabía que acababa de despertar a una verdad sencilla y profunda que cambiaría mi vida dramáticamente los ocho años siguientes a su muerte.

En las últimas semanas de la vida de mi mamá, muchos amigos y miembros de la familia vinieron más de una vez asombrados por la paz que estaban presenciando. Mi mamá demostró su verdad. A través de su fallecimiento, enseñó a vivir a muchos de sus familiares y amigos.

Comparto esta historia con mis estudiantes cada año como parte del tema de cultura y las perspectivas a través de las cuales vemos el mundo. Mi esperanza es que ellos, también, puedan entender que el miedo es sólo un pensamiento.