Unos años atrás, la Arquidiócesis Católica de la ciudad de Nueva York ofreció un mensaje de Navidad sencillo, uno que nunca he olvidado: “¡Ven a casa para Navidad!” En el Evangelio de Lucas, leemos que María y José hicieron un viaje difícil hacia el hogar ancestral de José. El relato nos dice que ellos iban a Belén para un censo que se utilizaría para determinar los impuestos a pagar al impe rio romano. Parece improbable que tal censo fuera tomado en un momento del año en el que viajar era más difícil, y aún más improbable que una joven embarazada pudiera hacer dicho viaje en un tiempo en que el único medio de transporte era a pie o sobre un burro o camello. El poder espiritual de la historia de María y José, y el nacimiento trascendental que tuvo lugar al final del viaje, va más allá de la lógica humana, ¿no te parece? En ocasiones, la verdad puede expresarse mejor fuera del ámbito limi tado de los hechos. Belén, comprendido espiritualmente, es la “casa del pan”, la “casa de la vida”. La vida es una de las cualidades que asociamos con Dios. La vida se expresa como todos nosotros a cada momento. Frecuentemente, debido a nuestras ocupaciones, no notamos, aprecia mos ni honramos el don de la vida viviendo conscientemente. En la conciencia que Belén representa, encontramos el alimento espiritual para asumir la próxima experiencia en nuestro viaje de vida eterno. Mas para encontrar el sustento espiri tual, primero hemos de ir a casa para Navidad. He pasado navidades en las que me he sen tido tan lejos de Belén, de mi conciencia, de mi Fuente, que me pareció difícil de creer que podía realizar el viaje a casa. Incluso cuando hice el viaje espiritual a Belén, recuerdo que pensé: ¿seré bienvenido? Después de todo, incluso José y María, según el Evangelio de Lucas, se encontraron con una acogida muy fría al llegar a Belén. ¡Imagina acostarte en un establo cuando estás a punto de dar a luz a tu primogénito! En uno de esos años, ni siquiera intenté hacer el viaje espiritual a Belén. Ignoré por completo la Navidad. El año siguiente trajo una serie de problemas que parecían empeorar a medida que el año avanzaba. Según la siguiente Navidad se aproximaba, mi familia me invitó a “ir a casa para Navidad”. Hoy en día, estoy agra decido por la gracia que me permitió decir que sí a esa oportunidad. A menudo se dice que nuestra casa es donde está el corazón. Oro para que, ya sea con fami liares, amigos o solo, encuentres tu corazón. Independientemente de cómo observes la Navidad, afirmo que conocerás la profundidad del amor de Aquel que te creó, que te sostiene, y cuya expresión magnífica eres.
Rev. Tom Thorpe