La Navidad, poco a poco, perdió su magia en mi corazón durante mis años de adulto. El aspecto comercial y las expectativas de todo el mundo me hacían querer escapar de la temporada. Entonces, en 1999, me mudé de Alabama a Texas para comenzar una nueva vida. Me alejé de mis amigos y familiares en búsqueda de una vida más significativa. La soledad se hizo sentir muy pronto, aunque me había mudado para estar con la Orden de Trabajadores Cristianos, cuya misión es ser una sociedad ecuménica para hacer del mundo un lugar mejor ayudando a los necesitados. A medida que se acercaba la temporada navideña, el trabajo voluntario consistía en preparar la fiesta de Navidad para los niños necesitados, la mayoría emigrantes ilegales que quedaban fuera de otras organizaciones de caridad. No sabía qué esperar cuando entré al estacionamiento. Dos camiones grandes de mudanzas estaban llenos de regalos y comida para las familias. Entré con ánimo al gimnasio donde vi a todos mis amigos trabajando frenéticamente para transformar el lugar en un paisaje de invierno. Se me dio la tarea de armar y decorar un árbol de Navidad en 30 minutos o menos, ya que el tiempo se acercaba para la llegada de los invitados. Había voluntarios organizando los regalos ya envueltos que habían sido seleccionados especialmente para cada niño. Algunos de los voluntarios estaban disfrazados de personajes de cuentos de hadas, mientras que otros ponían los refrescos junto a cientos de galletas caseras. Había música en vivo y se cantaban villancicos, mientras que Santa Claus y su esposa aguardaban escondidos en el cuarto trasero. Cuando las puertas se abrieron, 183 niños y sus familias entraron al gimnasio. Se me dio la tarea de envolver regalos de nuestra “tienda” en la cocina para cualquier niño que viniera inesperadamente. Tenía como una docena de regalos que envolver para Santa cuando éste hizo su aparición. El darme cuenta de que tantos niños en mi comunidad estaban tan necesitados me llevó a salir, pero no estaba preparada para lo que vi. Los voluntarios daban a los padres regalos adicionales para sus niños para la mañana de Navidad: Ropa, zapatos, abrigos y un regalo adicional para cada niño desde un camión, y cajas de comida desde el otro. La Navidad revivió en mi corazón una vez más, a medida que las lágrimas corrían por mi rostro. Me di la vuelta y entré de nuevo al salón. Santa entregaba regalos a medida que los duendes decían los nombres de los niños. Algunos niños abrieron sus regalos inmediatamente y gritaban de alegría por recibir los regalos que habían deseado. Otros abrazaban sus regalos queriéndolos abrir en casa. Mi corazón saltaba de gozo, mas también estaba deshecho de tristeza. Mi nueva vida iba a estar dedicada a ayudar a los demás. La fiesta anual ha crecido y ahora invitamos a 600 niños cada Navidad. “Éste, cuando llegó y vio la gracia de Dios, se regocijó y exhortó a todos a que con propósito de corazón permanecieran fieles al Señor.” —Hechos 11:23
por Elise Cowan